El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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El soldado dio un brinco.

—¿Sois algún príncipe para pagar con tal esplendidez un miserable vestido, o habéis hecho fortuna en México?

—No soy más que un conde, y jamás he visto las minas de ese país. ¿Aceptáis o rehusáis?

—¡Mil truenos! Sería un imbécil si renunciase a semejante suma. Con veinte doblones compraré dos uniformes nuevos y haré que revienten de envidia mis camaradas.

El conde sacó una bolsa bien repleta y depositó en el borde de la mesa veinte monedas de oro.

—Una pequeña fortuna —dijo el gascón, que parecía querer devorar el dinero con los ojos—. Os regalo también mi escopeta, señor conde.

—Prefiero mi espada.

—Obsequiadnos en cambio con alguna botella, si tenéis —dijo Mendoza.

—Tengo un aguardiente que no se bebe ni en Veracruz.

—Sacadla en seguida, camarada. Nosotros tenemos el pícaro vicio de sentir siempre sed, tal vez porque respiramos a toda hora aire salado.

—También yo participo de ese vicio; vamos a ver…


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