El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo Dejó caer en un viejo arcón los veinte doblones, haciéndolos chocar a uno sobre otro para oír mejor el sonido del oro; luego sacó una botella y dos vasos.
Mientras escanciaba el líquido, el conde, que tenía casi la misma estatura que el gascón, se desnudó rápidamente y se puso el uniforme del soldado, incluso la coraza.
Había comprendido la imposibilidad de pasar sin llamar la atención con su rico traje rojo, y sentía prisa por desembarazarse de él.
Cuando acabó de vestirse, vació una copa de aguardiente; luego, volviéndose hacia el gascón, le dijo:
—Y ahora, dejad que os ate y amordace. Al bajar advertiré al primero que encuentre que os ha ocurrido un accidente, y en seguida vendrán a soltaros.
—Sois muy amable, señor conde, mas preferiría no sentir un pañuelo sobre el bigote.
—Las tentaciones son peligrosas para todos. Podríais arrepentiros del trato hecho y empezar a gritar detrás de nosotros: ¡al ladrón!
El militar negó con su gesto arrogante; luego se volvió para dejarse atar.
Mendoza y Martín, que como todos los marineros, no se olvidaban nunca de llevar cuerdas, en pocos momentos redujeron al gascón a la impotencia, atándolo con fuerza y arrojándolo al lecho.