El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Buena suerte, camarada —dijo el vascongado, con ironía.
El gascón se revolvió un poco, intentando responder, luego quedóse inmóvil, como si se hubiese dormido repentinamente.
El hijo del Corsario Rojo calóse el casco para que no lo reconociesen, abrió la puerta con la llave que el gascón le había dado y bajó tranquilamente una escalera larguísima, seguido por sus dos compañeros.
Se hallaban en una vieja casa de tres pisos, negrecidos, seguramente habitada por gente de ínfima condición social.
Iban a salir a la calle, cuando en la puerta encontraron a una anciana negra, que llevaba en la lanuda cabeza un gran cesto lleno de plátanos.
—Buenos días, señor Barrejo —dijo al ver al corsario.
—Os equivocáis, buena mujer —respondió el conde—. Soy un amigo suyo. Tan pronto como podáis, subid a su desván, porque ese pobre hombre no se encuentra muy bien.
Dicho esto, atravesó el umbral y se alejó velozmente, siempre acompañado de los dos filibusteros, a quienes podría tomárseles por marinos, que marchaban apresuradamente a embarcarse.