El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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La calle se hallaba casi desierta, porque los habitantes de todas las ciudades españolas del Golfo de México tenían la costumbre de suspender sus negocios al medio día para dormir la siesta.

—Martín, tú que conoces la población palmo a palmo, guíanos al puerto —dijo el conde cuando se encontraron en mitad de la calle.

—No distamos más que dos tiros de arcabuz —contestó el mulato.

—Estoy impaciente por ver cómo han sitiado a mi fragata.

—No podremos llegar hasta ella sin despertar graves sospechas —observó el prudente Mendoza.

—Lo sé y por esto me preocupa. ¿Cómo podré ponerme en comunicación con mi lugarteniente? He aquí el gran problema. No dudo que conseguirá abrirse paso por medio de los galeones y las carabelas, y que logrará refugiarse tranquilamente en la Tortuga. Sin embargo, es necesario que yo embarque antes de que el secretario del señor de Montelimar llegue a México.

—Tal vez lo consiga yo —dijo Martín—. Un mulato no puede infundir gran desconfianza, y además, ya sabéis que nado como un pez y que recorro grandes distancias bajo el agua.

—Ciertamente —replicó el conde—. Y por esto mismo te he tomado a mi servicio.


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