El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—No resultará para mí empresa difícil la de zambullirme sin que me vean y llegar hasta la fragata.

—Podrían descubrirte y matarte. Han dado órdenes severísimas para que yo no consiga poner el pie en la fragata ni enviar mensaje alguno.

—No os preocupéis por eso, capitán —contestó el mulato—. Los españoles son astutos, pero yo no soy menos astuto que ellos.

—Veremos —dijo el señor de Ventimiglia muy pensativo por el mal aspecto que tomaba el asunto.

Pusiéronse en marcha apresuradamente atravesando jardines y pequeños plantíos de bananos y manteniéndose alejados de las pocas casas que de trecho en trecho se descubrían.

Un cuarto de hora después se hallaron a la vista de la rada, en lugar casi desierto.

El conde se detuvo bruscamente, maldiciendo y apretando los puños.

—Asunto serio —dijo Mendoza.

Y el asunto era serio en realidad.

Cuatro galeones, aquellas grandes naves destinadas principalmente a transportar los productos de las ricas minas de México y de la América Central a Europa, y cinco carabelas, después de levar anclas habían ido a reunirse en la desembocadura del puerto, formando doble hilera; los primeros delante, las segundas, mucho más débiles y con tripulación menor, detrás.


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