El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo En medio de la bahÃa, completamente aislada, hallábase la fragata del conde, un magnÃfico barco de tres palos, largo y estrecho, armado de veinticuatro piezas de artillerÃa en los costados y de dos muy gruesas sobre el alcázar.
Por el muelle, lleno de mercancÃas, paseaban muchos alabarderos, y vigilando atentamente los buques de comercio y las barcas de pesca, que de seguro habÃan recibido la orden de no levar anclas.
—¿Cómo se las arreglará mà lugarteniente? —se preguntó el conde, que de una ojeada abarcó la situación—. ¿Qué dices tú, Mendoza?
—Digo, señor conde, que el señor Verra saldrá con honor del aprieto y dará una lección terrible a los galeones y a las carabelas —respondió el viejo filibustero—. Dispone de gran número de bocas de fuego y de gente intrépida.
—Es cierto, pero… —murmuró el hijo del Corsario Rojo, moviendo la cabeza.
—Vos sabéis, señor conde, el miedo que los filibusteros infunden. Se les supone hijos del diablo.
—No digo lo contrario, Mendoza.
—Y ahora veréis los milagros que realizará vuestra tripulación dirigida por el señor Verra. ¿Acaso los ligures no han sido siempre los primeros marinos del mundo?