El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Pero una bala de cañón puede acabar con el hombre más valiente.

—Mas no con un filibustero —replicó Mendoza—, sobre todo cuando se tiene a mano un buen arcabuz o se encuentra tras una pieza de artillería.

El corsario sonrió, aunque sin mostrarse muy persuadido por las palabras del veterano filibustero.

—Busquemos la sombra —dijo al cabo de un momento—. El sol calienta demasiado.

A cincuenta pasos de ellos alzábanse majestuosos plátanos de hojas enormes y que crecían junto a una escollera que descendía en rápida pendiente hacia la rada.

Llegaron hasta allí y se tendieron bajo los gigantescos árboles, cargados de inmensos racimos.

—Armémonos de paciencia y aguardemos —dijo el conde—. Estoy seguro de que apenas anochezca los galeones y las carabelas atacarán a mi barco.

—Yo, sin embargo, confío en llegar a la fragata antes de que suene el primer cañonazo —indicó el mulato—. Dadme vuestras instrucciones, señor conde.

—No tienes que decir a mi teniente más que una cosa: que nos espere en el cabo Tiburón y que vigile atentamente el paso del «Santa María».

—Permitidme, capitán, que añada dos palabras —dijo Mendoza.

—Habla, amigo.


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