El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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—Supongo, Martín, que aguardarás a que el sol se oculte para arrojarte al mar.

—No es necesario —contestó el mulato—. Nadaré bajo el agua.

—¿Y cómo averiguaremos nosotros que has llegado a la fragata? Se halla muy lejos para que pueda distinguirse un hombre.

—¿Qué propones? —preguntó el conde.

—Que nos haga señas si ha logrado comunicar al lugarteniente vuestras instrucciones.

—Tú siempre tan astuto. Dirás, Martín, al señor Verra que encienda cuatro fanales verdes dispuestos en fila sobre el alcázar.

—Perfectamente, capitán —contestó el mulato.

—Quitóse la casaca, los pantalones, y dejó en tierra las pistolas y la espada. Como no usaba ropa blanca, quedóse completamente desnudo.

—Que Dios os ayude, señor conde —dijo—. No me olvidaré de vuestras instrucciones.

—Amigo mío, guárdate de las balas españolas —respondió el señor de Ventimiglia.

—Abur, camarada —dijo Mendoza—. Guárdate también de los tiburones.

—De estos me río yo —respondió el mulato.

Dio dos o tres saltos, como para probar la elasticidad de sus miembros, luego se deslizó lo mismo que una serpiente por las rocas que descendían hasta la rada.


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