El hijo del Corsario Rojo

El hijo del Corsario Rojo

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En pocos instantes llegó al fondo, y arrojándose de cabeza, desapareció bajo el agua.

—Es un verdadero diablo —murmuró el conde—. No he conocido a ningún nadador más hábil que él.

—Apostaría mi espada contra una pipa de tabaco —añadió el marinero—, a que logra burlar la vigilancia de los españoles, y a que pasará bajo las mismas narices de estos sin que lo descubran. ¡Mirad! ¿Lo veis? Ahora sale a flote…

A doscientos metros de la orilla había aparecido un punto obscuro en la superficie del agua y casi en seguida se ocultó.

El mulato hizo provisión de aire, sacando fuera únicamente la nariz; luego se zambulló y siguió nadando bajo el agua.

Era imposible que los soldados que vigilaban desde el muelle y se encontraban algo alejados de los dos corsarios, hubiesen descubierto la menor cosa. Y además, aquel bulto obscuro podía confundirse fácilmente con la cabeza de un pez.

Otras dos veces el conde y Mendoza, que espiaban ansiosamente la superficie de la bahía vieron asomar la nariz del mulato; luego, nada.

La distancia era ya muy considerable y luego la obscuridad comenzaba a reemplazar a la luz.

—¿Llegará? —preguntábase el conde lleno de zozobra.


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