El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —No penséis en él, capitán —dijo Mendoza—. Ocupémonos de la fragata. No sé qué esperan los galeones y las carabelas.
—A que sea de noche.
—Yo, si fuese el comandante de la escuadra, atacarĂa en el acto.
—No tardará en empeñarse el combate. ¿Ves las lanchas llenas de soldados que se alejan del muelle?
—Mala maniobra, señor conde. Ni una escapará a las descargas de la fragata…
El conde se puso en pie y comenzó a pasear nervioso alrededor de los plátanos. Mendoza llenó la pipa y empezó a fumar plácidamente.
Aquella calma del viejo marino era más aparente que real, porque de vez en cuando olvidábase de chupar y la pipa se apagaba.
Entretanto las tinieblas descendĂan rápidamente, envolviendo la ciudad, el puerto y los barcos.
La fragata, que se hallaba junto a la desembocadura, apenas se distinguĂa.
De pronto el corsario lanzĂł un grito.
—¡La señal! ¡Ah! ¡Bravo, MartĂn!
Cuatro fanales verdes, que brillaban vivamente en medio de la profunda obscuridad, colocados el uno tras el otro, aparecĂan en el elevadĂsimo alcázar de la fragata.