El hijo del Corsario Rojo
El hijo del Corsario Rojo —Ya aseguraba yo, capitán, que ese diablo se saldrÃa con la suya —dijo Mendoza vaciando la pipa—. Ahora podremos saborear los vinos de San José. Afirman que son exquisitos.
—Poco a poco, Mendoza. La fragata no está todavÃa fuera del puerto.
—Si esto es todo, vuelvo a encender la pipa, tan seguro estoy de que pasará por medio de los galeones y las carabelas. Una vez lejos del puerto, que le den caza si se atreven.
—Si consigue abrirse paso, me tranquilizaré por completo. Nadie podrá alcanzarla, y menos…
Un cañonazo le interrumpió la continuación de su discurso.
La «Nueva Castilla» abrÃa el fuego, desafiando a los buques españoles.
Aquel siniestro estampido, que repercutió fragorosamente en las casas de la ciudad, fue seguido de un breve silencio, luego se oyó un segundo cañonazo.
El corsario y Mendoza subieron rápidamente a lo alto de las rocas, para ver mejor las diversas fases del combate.
Uno y otro, aunque tenÃan plena confianza en la resistencia y en el armamento de la nave, lo mismo que en el valor de la tripulación, formada en su totalidad por intrépidos filibusteros reclutados en la Tortuga, eran vÃctimas de profunda angustia.