El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Sí; un caimán o un cocodrilo.

—¿Con todas aquellas plantas sobre la espalda?

—Sé que esos reptiles se entierran de cuando en cuando en el fango y que permanecen largo tiempo en una especie de sueño profundísimo, de modo que las plantas que hay en el fondo de la laguna crecen y se desarrollan también entre sus escamas.

—¿Son peligrosos?

—Algunas veces; pero no debemos asustarnos, García. ¿No ves que pasa de largo, sin hacer caso de nosotros?

—¡Qué hermosos pájaros! ¿Qué tal si les tirase?

—¿Y el ruido del disparo?

—No hemos visto más indios, y podríais hacer la prueba.

Una nube de ánades con pico tan grande como todo su cuerpo pasaba a cincuenta pasos de los náufragos.

Alvaro, que por la mañana había cargado el arcabuz con perdigones, apuntó al grupo y disparó.

Cinco o seis volátiles cayeron muertos o heridos en un islote que estaba a pocos pasos de la orillan El muchacho se lanzó resueltamente al agua, habiendo observado que había muy poco fondo.

Sentía demasiada hambre para perder aquella ocasión.


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