El hombre de fuego
El hombre de fuego Más que laguna, debĂa de ser alguna sabana sumergida, de fondo quizás peligrosĂsimo y sin ninguna solidez ni consistencia.
TenĂa varias millas de perĂmetro, y a duras penas podĂan distinguirse las plantas que habĂa en la orilla opuesta.
Acá y allá se veĂan minĂşsculos islotes cubiertos de palmas y habitados por infinitas aves que lanzaban lamentables gritos impregnados de cierta tristeza.
—¡Qué agua tan negra! —dijo el muchacho—. ¡Parece que han echado en ella cientos de botellas de tinta! ¿Cómo podrán vivir ahà los peces?
Alvaro no contestĂł: miraba con inquietud hacia un pequeño islote cubierto de cañas que se movĂa a flor de agua como si alguien lo empujase, y que parecĂa estar haciendo extrañas evoluciones.
—¡Una isla que se mueve! —dijo señalando hacia ella—. Sin embargo, el agua está inmóvil, y no sopla la menor ráfaga de aire.
—Cierto, señor —respondiĂł GarcĂa—. Yo tambiĂ©n lo habĂa observado.
—¿Qué podrá ser?
—¿Será algún indio, señor?
—¡SĂ; con una cola que podrĂa romperte las piernas! —dijo Alvaro—. Es otro animalucho bastante feo.
—¿Un animal?