El hombre de fuego
El hombre de fuego Los que llamaban animaluchos eran lagartos de más de un metro de largo y color verde oscuro, pero cuya piel cambia frecuentemente de color, como los camaleones de África, especialmente cuando el animal está enfurecido; por lo general andan sobre los árboles.
Son venenosos, aunque no tanto como las serpientes de cascabel; y a pesar de ello su carne no sólo es comestible, sino estimadísima, blanca y sabrosa como la de las gallinas o la de las ancas de rana.
Pero aunque Alvaro lo hubiera sabido no es probable que hubiese tenido valor para comer la carne de uno de aquellos lagartos. Antes, temiendo que fueran peligrosos, se apresuró a alejarse haciendo un gesto de disgusto.
La laguna debía de estar muy cerca, porque el terreno parecía empapado y los cañaverales iban haciéndose cada vez más espesos y abundantes, mientras que escaseaban los árboles.
—Allá abajo está el agua —dijo García, que marchaba delante de Alvaro—. Por las trizas, nos acercamos a la orilla de un lago.
Apresuraron el paso, y se detuvieron ante una gran laguna llena de plantas lacustres y de hojas inmensas que semejaban pequeñas almadías, por las cuales se paseaban gravemente algunas aves zancudas.