El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Cañas desmesuradas sustituían a las palmas, viéndose también entre ellas la planta llamada cipo chumbo, especie de convolvulácea de color amarillo, y la que lleva por nombre cumaru, de flores purpúreas, en cuyas vayas se esconde la llamada java tunca, que usan los indios para perfumar el tabaco.

Sinnúmero de pájaros revoloteaban entre aquellos vegetales, y cerca de las convolvuláceas millares de lindos pajarillos llamados beja flores, los famosos pájaros moscas o colibríes, de pintado plumaje en que resplandecían todos los colores del iris: verde, azul, turquí, púrpura yi amarillo con reflejos de oro.

—¡Podríamos hacer una fritada deliciosa! —dijo García, que observaba con vivo interés aquellos minúsculos volátiles, los cuales desaparecían por completo en los cálices purpurinos de los cumarus—. ¡Qué preciosos son, señor Alvaro! ¡Parecen cubiertos de piedras preciosas!

—Son admirables en verdad; pero prefiero un buen papagayo —contestó Alvaro—. Y aquí no faltan. ¡Mira cuántos hay en aquel árbol!

—También estoy viendo unos animaluchos horrorosos que huyen entre las ramas. ¡Oh; qué feos son!


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