El hombre de fuego

El hombre de fuego

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En la época a que se refiere nuestra narración los indios sólo utilizaban sus frutas, o, mejor dicho, sus renuevos o botones, que son un alimento abundante y sano, de sabor delicioso, que recuerda el de las alcachofas y el de los espárragos. Los indios los machacaban y tostaban mezclándolos con el jugo de la planta conocida por el nombre de palo de vaca. Hoy constituye esa palma la riqueza de las tribus en cuyos territorios se encuentra, extrayéndose de ella multitud de productos utilísimos. Puede decirse que no tiene desperdicio, pues se aprovechan el tronco, las hojas, los frutos y las raíces.

Sólo en la provincia de Ceara los hacendados que tienen plantíos de esas palmas sacan anualmente de su tronco y hojas unas noventa mil arrobas de cera.

Y, como hemos dicho, no es ese el único producto que obtienen de ellas, porque de sus hojas se hacen canastos, esteras, sombreros, cordaje, y hasta tejidos bastos; y quemándolas se obtiene cierta sal que sirve para la fabricación del jabón. De las raíces se saca una droga que se emplea con buen éxito en la cura de las enfermedades cutáneas.

Alvaro y el muchacho, a quienes ni les pasaba por las mientes el extraordinario mérito de aquellas palmas y sólo se ocupaban en asegurarse el almuerzo, que aún veían lejano y problemático, prosiguieron rápidamente su camino, y llegaron a un terreno bastante húmedo que cedía bajo los pies.


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