El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡No olvidemos que el cocinero de la carabela está en el vientre de los salvajes!

—¿Y dónde iremos en busca del almuerzo, señor?

—Debe de haber alguna charca o laguna por estas cercanías —respondió Alvaro—. Exploremos hacia el lugar donde cantaban las ranas. A falta de caza nos proveeremos de pesca.

Comenzaron por comerse algunas pinas para romper el ayuno; cambiaron después la carga de los arcabuces por si la humedad de la noche había estropeado la pólvora, y cargando con los barriles, se internaron entre los árboles.

En aquel lugar no era tan espesa la selva como en el trayecto que el día anterior habían recorrido, pues estaba formada por árboles enormes que no podían crecer muy cerca unos de otros.

Eran palmas gigantescas de más de sesenta varas de alto, pertenecientes a la especie llamada de la cera, por extraerse de su tronco y hojas una materia grasa que sirve para hacer velas.

Abundan en las selvas del Brasil y en las del interior; pueden darse hasta en terrenos situados a 3000 metros de altura sobre el nivel del mar, y hasta en la gran cordillera.


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