El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Y si alguna fiera se nos echase encima mientras dormimos?
—Hasta ahora sólo ranas y pájaros hemos visto. Quizás los navegantes que han estado por estas costas hayan exagerado la ferocidad de los animales que viven en las selvas americanas. Tengamos los arcabuces entre las rodillas, los espadones al costado y tratemos de dormir.
Recogiéronse en el fondo del agujero en que se encontraban, y no tardaron en dormirse, a pesar de sus recelos.
Después de un par de horas de concierto, las ranas habÃan ido callándose. Aún se oÃa de cuando en cuando algún coro de silbidos o de mugidos; pero duraba poco, y volvÃa a establecerse el silencio.
Al amanecer, después de tres o cuatro horas de sueño, los dos náufragos se despertaron por el ruido de otro concierto menos estruendoso pero que partÃa de las ramas del mismo árbol a cuyo pie se encontraban.
Era una banda de pequeños papagayos de cabeza azul turquà y plumas verdes, charlatana incorregibles que se pasan horas enteras dando gritos escandalosos sin un momento de tregua y, como quien cumple una sagrada misión.
—¡Levantémonos, GarcÃa! —dijo Alvaro estirando los brazos—. El sol está ya alto, y el almuerzo, lejano, mientras que el hambre aprieta.