El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—En cambio he oído hablar de algunos establecimientos franceses que deben estar al Sur del Brasil, cerca de la boca de un río inmenso que se llama de la Plata. Podríamos intentar el viaje hasta allí.

—Estarán muy lejos de aquí esos establecimientos.

—Sé que ese río está hacia el Sur; pero no podría decirte a qué distancia del lugar donde nos encontramos —contestó Alvaro.

—¡Ah, señor! ¡Creo que nunca saldremos de esta selva ni volveremos a ver nuestro Tajo ni la cara de un hombre blanco! —dijo el muchacho lanzando un suspiro.

—¡No hay que perder la esperanza! Sé que algunas veces han llegado a estas costas del Brasil barcos de los comerciantes del Havre a cargar cierta madera de que se saca una tintura preciosa. ¡Quién sabe si la casualidad nos hará tropezamos con algunos de ellos por estas costas!

—Entonces, señor, no nos conviene internarnos mucho.

—Efectivamente, no debemos perder de vista la costa; y también nos conviene hacer excursiones al Sur y al Norte del magnífico puerto en que hemos desembarcado. Pero veo que las ranas se van cansando, ¡aprovechemos el momento para dormir un poco!


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