El hombre de fuego
El hombre de fuego —Precisamente en eso estaba pensando hace un momento —dijo Alvaro.
—¿Adónde nos iremos, y cuándo podremos irnos? Supongo que no pensaréis que nos pasemos aquà la vida.
—Y mucho menos morir asados en un parrilla rodeados de plátanos y peras cocidas.
—¿No habrá establecimientos europeos en esta costa?
—¡Ni uno siquiera, GarcÃa! Hasta ahora nadie ha pensado en ocupar el Brasil, por más que nos pertenezca desde que nuestro compatriota Cabiallo descubrió y tomó posesión de él.
—Sin embargo, he oÃdo que los castellanos se han apoderado de inmensos territorios.
—Es verdad, GarcÃa; pero esos territorios están muy lejos de aquÃ, y tendrÃamos que atravesar toda la América meridional para llegar al Perú.
—¿Es un viaje muy largo?
—De miles y miles de millas, a través de selvas vÃrgenes habitadas por antropófagos y por toda clase de fieras.
—¡La verdad, no me siento con fuerzas para emprender semejante viaje!