El hombre de fuego
El hombre de fuego —¿Dormir? ¡Ni pensarlo!
Apenas habÃa cerrado los ojos el muchacho, cuando una orquesta infernal puso en conmoción la inmensa selva.
Como obedeciendo a una consigna, miles y miles de ranas se pusieron a cantar a coro, haciendo un ruido espantoso, capaz de despertar a un muerto.
De estos anfibios hay millones y millones en las húmedas selvas americanas. Hay muchas especies de ellas, y no todas se limitan a su acostumbrado canto, pues las hay que mugen como bueyes, otras que ladran como perros, otras que martillean como si tuvieran a su disposición miles de calderas, y otras que viven en los árboles, silban como locomotoras, o dan chirridos como ruedas de carretas mal engrasadas.
Ya puede imaginarse el infernal ruido que harÃan todos aquellos bichos: los tÃmpanos más recios hubieran sido incapaces de soportarlo.
—¡Señor! —exclamó GarcÃa espantado—. ¿Qué pasa? ¡Esto es el fin del mundo!
—¡No te asustes; son ranas! —dijo Alvaro.
—¡Se dirÃa que son perros, búfalos, caldereros y borrachos cantando a coro!
—También tendremos que habituarnos a este concierto, si queremos dormir.
—Espero que no estaremos mucho tiempo en esta tierra y que encontraremos alguna manera de salir de ella.