El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Dos horas llevaban nuestros náufragos en el hueco del árbol, cuando a poca distancia oyeron un ruido extraño que parecía el de una ola al levantarse y romperse contra las peñas, seguido inmediatamente por un silbido agudísimo. El mozo, que sentía que le temblaban las piernas, se volvió al señor Correa, preguntándole:

—¿Será algún animal grande, señor?

—No puedo decírtelo, porque no veo absolutamente a un paso de distancia. Lo que sí te digo es que estoy hasta la punta de los pelos de las selvas brasileñas y que quisiera ver de cerca a esos animales que silban, tocan la campana y el tambor, cantan, gruñen, aúllan y hacen esos ruidos inexplicables. ¿Cómo podrán dormir con semejante bulla los habitantes de estas regiones?

—¿Oís, señor, ese silbido?

—Sí, García; puede que sea alguna gigantesca serpiente que ande por ahí cerca.

—¡Me dan un miedo horrible esos reptiles! ¡Preferiría encontrarme con una fiera, señor Alvaro!

—Tenemos que acostumbrarnos a ellos. El piloto me dijo que en las selvas americanas hay muchas de esas serpientes, y algunas de ellas verdaderamente monstruosas.

—¿Cuándo amanecerá? ¡La noche me parece interminable!

—Cierra los ojos y procura dormir —dijo Alvaro— yo velaré.


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