El hombre de fuego
El hombre de fuego Alvaro y el muchacho, inquietos y alarmados por su completa ignorancia sobre la causa de muchos de aquellos ruidos, que lo mismo podían proceder de animales inofensivos que de fieras y reptiles venenosos, no podían cerrar los ojos, a pesar de lo muy cansados que estaban.
Habían oído hablar vagamente de pumas y jaguares y de otros feroces huéspedes de las selvas americanas, y, temiendo ser asaltados en el momento menos pensado por cualquiera de esos carnívoros, estaban muy sobre sí, con los arcabuces preparados para hacer fuego.
De cuando en cuando, multitud de puntos luminosos pasaban acá y allá por el claro de la selva, revoloteando sobre las altas hierbas o entre el follaje del bosque.
Eran bandadas de cocuyos o luciérnagas, de bastante mayor tamaño que las nuestras, y que parecen llevar la vivísima luz que despiden en el mismo vientre.
Esa luz es tan intensa, que con la que despide un solo insecto se puede ver perfectamente, y, hasta alumbrar una pequeña habitación. Así, los indios la utilizan todavía para pescar, sujetando uno de esos insectos en el extremo de un bastón que ponen en la proa de sus canoas cuando se entregan a la pesca nocturna.