El hombre de fuego

El hombre de fuego

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A falta de más sólido alimento, los dos náufragos hicieron abundante consumo de aquellas frutas, y después se acomodaron en una de las celdas de las raíces, donde cabían perfectamente y estaban a cubierto de la humedad de la noche.

El sol se había puesto y las tinieblas se habían apoderado rápidamente de la selva, ya oscura de sí aun en las horas más claras del día, a causa de la impenetrable bóveda de verdura que la cubría.

Mil rumores extraños que hacían estremecerse al muchacho, y aun a Alvaro, se percibían bajo el verde follaje y entre los enmarañadísimos matojos que formaban como una segunda selva entre los grandes árboles.

Unas veces eran silbidos agudísimos, interminables, que rompían de pronto el solemne silencio que reinaba en la inmensa selva, como si contramaestres de barcos, estuvieran dirigiendo alguna maniobra; otras veces se sentían mugidos formidables, como si rebaños de toros pasasen bajo los árboles; otras eran gemidos prolongados, ruidos como toques de campana o entrechocar de armas o instrumentos de hierro.

A todos esos clamores misteriosos sucedían ratos de completo silencio; pero no tardaban en resonar de nuevo los silbidos, los mugidos y otros rumores extraños.


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