El hombre de fuego
El hombre de fuego No era tal terremoto, sino una enorme serpiente, una boa constrictor de longitud desmesurada y gruesa como el cuerpo de un niño de diez años, que había salido repentinamente de entre las cañas y plantas acuáticas, levantando con la poderosa cola un huracán de fango y de agua.
Era uno de los reptiles más espantosos de las sabanas brasileñas, aunque no sea de los más peligrosos, por carecer de veneno, como el talo o la cobra capelo.
Interrumpido en su sueño por el muchacho, se había enderezado de repente, silbando con furia y lanzando a los náufragos una mirada fulminante y fascinadora.
Sin perder la serenidad, el señor Correa sacó a García a la orilla con un último impulso, y en seguida empuñó el arcabuz.
El reptil, que no sólo debía de estar irritado, sino hambriento, se lanzó sobre los náufragos azotando furiosamente el agua con la cola.
—¡Fuego, señor Alvaro! —gritó García arrojándose sobre su arcabuz—. ¡Va a devorarnos a los dos!
Alvaro apuntó un momento, y disparó.