El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Con sus movimientos desesperados, el desgraciado apresuraba su hundimiento en vez de retardarlo.

—¡No te muevas, García! —le gritó.

Tenía rodeada a la cintura una de esas largas y sólidas fajas de lana encarnada que suelen usar los marineros. La desenvolvió rápidamente, trepó al lugar más alto que encontró en la orilla, y lanzó uno de los cabos al pobre muchacho, que ya se había hundido hasta el pecho, y gritó:

—¡Agárrate bien y tente firme!

El extremo de la faja, arrojada con segura mano, había caído sobre los hombros del muchacho. Este, que no había perdido la cabeza, se apoderó de ella; y como era bastante larga, se la envolvió alrededor del cuerpo y la anudó sólidamente.

—¡Déjate arrastrar! —exclamó Alvaro.

Y agarrado al otro cabo de la faja, tiró vigorosamente de ella, sacando al joven marinero de aquella horrible tumba que tan cerca estaba ya de tragárselo.

El muchacho no se atrevía a hacer ningún movimiento, por temor de que el fango volviera a abrirse bajo sus pies. Ya tocaba la orilla, cuando un aluvión de agua y de fango se levantó del fondo y le cubrió de pies a cabeza; al mismo tiempo resonaba un silbido agudísimo.

—¡Señor Alvaro! —exclamó limpiándose los ojos—. ¡El terremoto!


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