El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Pardiez! —exclamó Alvaro, que se habÃa puesto palidÃsimo—. ¡Creà que este animal iba a tragarnos como si fuéramos bizcochos! ¡Nunca hubiera creÃdo que hubiese en la Tierra una serpiente tan enorme, tan espantosa!
Aquella boa, que realmente era de las de mayor tamaño que hay en las sabanas brasileñas, no tenÃa menos de doce metros de largo, y de cuerpo tan grueso como el de un hombre de mediana estatura.
Ya dijimos que el segundo arcabuzazo le habÃa destrozado la cabeza; el primero le produjo una herida horrible, de la cual salÃa sangre en abundancia.
—¡Es enorme! —exclamó GarcÃa, que aun no estaba repuesto de la emoción que le causó el doble peligro que acababa de pasar—. ¡Estos reptiles pueden tragarse a un hombre sin miedo de que se les indigeste! ¿SerÃa éste el que silbaba y revolvÃa el agua la noche pasada?
—¡No lo dudo! —contestó Alvaro—. Han sido dos buenos tiros; pero no me resarcen del almuerzo que hemos perdido.
—¡No me atrevo a ir a buscarlo, señor! —dijo el muchacho, que todavÃa temblaba—. ¡No sabÃa yo cómo era el fondo de ese pantano!
—Lo buscaremos por otro lado —dijo Alvaro—. ¡Ah! ¡Se me olvidaba que habÃamos venido aquà para pescar!