El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Mirad aquello, señor!

—¿Qué es?

—Si no me engaño, una canoa.

—Pero ¿dónde está?

—Allá abajo, abandonada en la orilla, junto a aquel grupo de plantas acuáticas.

—¿Habrá indios por las cercanías de esta laguna? —se preguntó Alvaro, dirigiendo una mirada recelosa hacia los cañaverales y hacia el bosque.

—Si hay una canoa, por lo menos es indicio de que de vez en cuando vienen por aquí a pescar.

—¿Qué dices, García?

—Que a pesar de vuestros razonamientos, debemos aprovecharnos de esa canoa para recoger los ánades que cazasteis.

—Para asarlos después, ¿no es verdad, García?

—Y en uno de esos islotes, para que no nos sorprendan los indios.

—¡Pues y la canoa! —dijo Alvaro, a quien agradaba la idea de atravesar aquella laguna para alejarse lo más posible de la orilla meridional de la bahía, en la cual sabía que habitaban los antropófagos.

Atravesaron cautelosamente la distancia que los separaba de aquel grupo de plantas lacustres en cuyas cercanías estaba la canoa, miranda con recelo a derecha e izquierda por si había salvajes escondidos entre los matorrales, y llegaron por fin a donde se encontraba.


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