El hombre de fuego
El hombre de fuego Era un viejo barquichuelo casi inservible, hecho con un pequeño tronco de árbol ahuecado y de madera esponjosa. Estaba encallado en un banco de fango.
—¿Crees que podremos arreglar esta canoa? —preguntó Alvaro al muchacho.
—Está bastante averiada, señor. NecesitarÃamos estopa y alquitrán. A lo que parece, el fondo está hecho una criba.
—En la selva encontraremos lo necesario para arreglarla —dijo Alvaro—. He visto plantas filamentosas, de las cuales podemos sacar algo que sustituya a la estopa.
—Pero para eso necesitaremos tiempo.
—¡Paciencia, tenemos de sobra!
—¿Y nuestro famoso almuerzo, señor? —preguntó el muchacho riendo.
—Por hoy nos contentaremos con frutas o cazaremos algunos papagayos. ¡Volveremos a la selva, GarcÃa!
Estaban para alejarse de la ribera, cuando oyeron resonar a corta distancia una voz lastimera que repitió varias veces esta exclamación:
—¡A… y! ¡A… y!
—¿Quién se queja? —dijo Alvaro mirando en torno suyo.
—No veo a nadie, señor —contestó GarcÃa.