El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¿Será algún mono que se entretiene en asustarnos? No me sorprendería. ¡Lanzan unos gritos tan extraños los monos que habitan esta selva!

Se oyó un grito aún más lastimero, más lúgubre. Esta vez no parecía salir del suelo, sino del aire.

Alvaro y el mancebo alzaron los ojos y entre las ramas de un níspero que estaba completamente aislado, y al cual le habían sido arrancadas todas las frutas, que son gordas como manzanas, y bastante sabrosas, descubrieron un bulto informe de pelos largos y parduscos acurrucado en la extremidad de una rama, y cuya cola, que colgaba a plomo, tenía como media vara de largo.

—¡Ya tenemos chuletas! —exclamó Alvaro—. ¡Pertenezca este bicho a la especie que quiera, no le dejaremos escapar, y le ensartaremos en el asador! ¡Procuremos que no se nos vaya, García!

—No parece que piense en irse, señor.

Acercáronse al árbol con los arcabuces apuntados a aquel extraño animal, que seguía lanzando sus dolorosos gritos de ¡a… y!, cada vez más lúgubres.

Aunque veía acercarse a los cazadores, no hacía el menor movimiento para alejarse. Seguía tenazmente agarrado a la rama, moviendo apenas, y como trabajosamente, la cola.

—¿Tendrá las patas rotas? —preguntó el muchacho—. Un mono no se está tan quieto esperando a sus enemigos.


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