El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Ca; no, señor! —respondió el muchacho—. ¡Tengo el arcabuz cargado!
Alejóse Alvaro, dirigiéndose hacia la selva, cuyo lindero no distaba de allà más de cincuenta pasos.
Varios grupos de árboles hermosÃsimos que el portugués nunca habÃa visto cubrÃan el espacio que separaba la laguna de la selva. Eran de figura esbelta, de no más de seis o siete metros de altura, con las hojas de hermoso color verde oscuro, y estaban cargados de frutas amarillas, gordas, lucientes como calabazas, y que, por una extraña irregularidad, en vez de colgar de las ramas salÃan directamente del tronco.
Eran jabuios cabeira, muy comunes en las selvas brasileñas y muy apreciados por sus frutos, que alrededor de un núcleo gruesÃsimo tienen una pulpa carnosa, delicada y de sabor bastante agradable.