El hombre de fuego
El hombre de fuego Probó el portugués algunas que había por el suelo, y habiéndole parecido excelentes, hizo una buena provisión de ellas. Después siguió su camino, poniendo en fuga a numerosas bandadas de ticos ticos, especie de pájaros charlatanes como cotorras, y de azules, de hermoso plumaje del color que su mismo nombre dice. Sobre las hojas secas, aún cubiertas del rocío de la noche, veía Alvaro saltar aquellas feísimas parranccas de largas piernas que la pasada noche habían invadido el claro del bosque donde se hallaba la summameira, y no sin profundo horror vio también ciertas serpientes de color verde, delgadas como bejucos, a las cuales por eso mismo llaman los brasileños cobra-cipo, o sea serpiente bejuco, facilísimas de confundir con lianas entre la vegetación de las selvas vírgenes.
Ya había llegado Alvaro al sendero de la selva, mirando detenidamente cuantas plantas hallaba al alcance de su vista, por si encontraba alguna cuyas fibras pudieran sustituir a la estopa para componer la canoa, cuando le llamó la atención un ruido como de objetos pesados que cayeron al suelo con gran fuerza.
—¿Será que andan por aquí los indios? —se dijo, agazapándose en un matorral.