El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Miró atentamente hacia el lugar de donde partía aquel ruido, y de lo alto de un árbol colosal que se levantaba a veinte pasos delante de él vio caer enormes frutas que al reventarse lanzaban en torno suyo cierta especie de almendras.

—¿Quién hará caer esas frutas? —se preguntó—. Caen con demasiada fuerza, y no a plomo.

Dirigió la vista hacia la copa de aquel árbol enorme, y descubrió entre sus ramas unos feísimos monos que arrancaban las frutas y las arrojaban al suelo con todas sus fuerzas para que se reventasen.

Eran los cuadrumanos más feos que quizá haya en el mundo; con la cabeza completamente calva; la punta de la nariz roja como la de borrachos consuetudinarios e impenitentes, y el pelaje larguísimo y de color amarillo rojizo. Tenían cierto aspecto de decrepitud que contribuía a aumentar su fealdad.

Cuando hubieron arrojado al suelo gran cantidad de fruta descendieron rápidamente del árbol, y empezaron a devorar las almendras que habían salido de aquellas enormes nueces.

Un movimiento del portugués les advirtió la presencia de un enemigo. Recogieron atropelladamente las frutas que había por el suelo y huyeron con la rapidez del viento, desapareciendo entre las tupidísimas redes de bejucos.


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