El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Alvaro se adelantó hacia el árbol y recogió algunas de aquellas nueces enormes, por cuyas hendiduras se descubrían ciertos filamentos que no equivalían a la buena estopa, pero que podían ser de alguna utilidad.

—¡He hallado lo que me hacía falta! —dijo—. ¡Es singular que unos monos hayan enseñado a un hombre como yo dónde encontrar lo que estaba buscando!

Rompió una de aquellas nueces, y entre la cáscara y las almendras vio que había una capa de filamentos. Si hubiera conocido mejor el árbol, habría podido encontrar bastante mayor cantidad de ellos bajo la corteza; pero el portugués ignoraba absolutamente las riquezas de las plantas brasileñas.

Satisfecho de su descubrimiento, volvió hacia la laguna, llegando al lugar donde el muchacho le esperaba.

—¿Está a punto el asado? —preguntó Alvaro, cuyo olfato se sintió halagado por el exquisito perfume que se desprendía de aquella carne.

—El cocinero de la carabela no lo hubiera hecho mejor, modestia aparte —dijo García riéndose—. ¡He dirigido el asado como lo hubiera hecho un perfecto cocinero!

—¡Bravo, rapaz!

—Es que… —dijo el muchacho titubeando.

—¡Acaba! ¿Qué quieres decir?

—¿No os parece que este mono asado se parece bastante a un niño?


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