El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Puede ser, García —contestó Alvaro, que comprendió la exactitud de la observación de su compañero—; pero como estamos en un país donde los hombres son materia comestible, no debemos ser muy escrupulosos. Además, a lo menos por ahora, no tenemos nada mejor que llevar a los dientes.

Separó la pieza del fuego, la colocó sobre una hoja de plátano salvaje, y la dividió en varios trozos con el hacha.

—La fragancia que despide es exquisita —dijo—. Veremos si el sabor corresponde con ella.

—¡Ay, señor! ¡Me parece que no es comparable con un papagayo! —dijo García, que se había apoderado de una costilla y hacía esfuerzos sobrehumanos para comérsela.

—¡Verdaderamente, es detestable! —contestó el portugués, peleando heroicamente con un trozo de carne—. ¡Esta carne es más correosa que la de un mulo viejo!

—Es carne holgazana, señor.

—Pero que, mal o bien, hay que tragarla.

El hambre de nuestros náufragos hizo verdaderos milagros, y el pobre ay, por más que estuviese tan duro como una suela de zapato y distara mucho de tener sabor agradable, pasó en gran parte a sus estómagos.


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