El hombre de fuego
El hombre de fuego Satisfecha ya el hambre, Alvaro y GarcÃa se dedicaron a componer la canoa en que pretendÃan atravesar la laguna y también pescar, dado caso que hubiera peces en sus oscuras aguas.
Ya habÃan tapado los agujeros del fondo de la canoa y botola al agua, cuando de repente oyeron un tremendo griterÃo por el lado del bosque. Esta vez no eran monos los que gritaban.
ParecÃa como si dos tribus rivales lucharan furiosamente bajo los árboles. Se oÃan golpes formidables, como de maza sobre escudos, silbidos de flechas y espantosos aullidos, harto conocidos ya de nuestros náufragos.
Alvaro se precipitó instintivamente hacia la canoa, temiendo que los combatientes se corrieran hacia la laguna.
—¿Y los remos, señor? —gritó GarcÃa.
Alvaro echó una mirada en torno suyo, y habiendo visto a corta distancia un arbusto frondosÃsimo, lo derribó de unos cuantos hachazos.
—Creo que con esto tenemos bastante —dijo.
Cortó dos ramas y las llevó a toda carrera a la canoa, donde ya el muchacho estaba aguardándole.
—¡Adelante, GarcÃa! —exclamó.