El hombre de fuego

El hombre de fuego

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En las anchas hojas de las victorias se posaban gravemente las piassocas, de patas larguísimas, dejándose llevar por el vientecillo que empujaba a aquellas verdes almadías por las aguas del pantano, mientras los bienteveos lanzaban desde las cañas su monótono y melancólico grito: bien-ti-vi, bien-ti-vi,… y los blancos uropongas, ocultos entre la vegetación de los islotes, daban al aire sus notas agudas, semejantes a campanadas o al ruido que hace el martillo al golpear sobre el yunque.

—¡Qué tétrica es esta laguna! —dijo Alvaro, que estaba ocupado en seguir la operación del asado de las irairas—. ¡Siento infinita tristeza!

—Y yo también, señor —respondió el muchacho—; preferiría estar en la orilla de la bahía.

—Pronto volveremos allá —dijo Alvaro—. Mañana atravesaremos esta laguna, y caminaremos hacia Oriente hasta que lleguemos a ella. No debemos de estar a más de dos millas de distancia de la bahía. ¡Ah!

—¿Qué sucede, señor?

—¿Has probado el agua de esta laguna?

—Aun no.

—¿Estará en comunicación con el mar?

—Pronto lo sabremos. Mientras sacáis los peces del fuego voy a beber un sorbo por más que sea tan negra que la repugne hasta el más sediento.


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