El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Es cuestión de gustos, rapaz! Ahora ocupemonos de encender fuego y preparar la cena, porque el sol va a ponerse muy pronto.
Temiendo que los indios pudiesen ver las llamas de la hoguera, pues no estaban seguros de que se hubieran ido de la selva, buscaron un lugar resguardado de la vista por los troncos y, hojas de las plantas.
Recogieron cañas y ramas secas y encendieron una pequeña hoguera, al lado de la cual se sentaron sobre la hierba y asaron los peces.
Comenzó a envolverse en tinieblas la laguna, de cuyas aguas emanaban vapores pestÃferos, vehÃculos de enfermedades mortales, y también de la terrible fiebre amarilla. Nubes de mosquitos cubrÃan los cañaverales, y por encima de ellos revoloteaban describiendo caprichosas curvas y zig-zags muchos grandes murciélagos que tenÃan medio metro de envergadura; quizá esos peligrosÃsimos vampiros rojos que chupan la sangre de los animales y personas a quienes sorprenden dormidos.