El hombre de fuego
El hombre de fuego —¡Pardiez! —exclamó Alvaro dando un rápido salto atrás—. ¿Ha reventado una mina en el fondo de la laguna?
—No es una mina, señor —dijo GarcÃa—. He visto moverse entre el fango una cola tan gruesa como el muslo. Es un animalucho como el que matasteis en la orilla, y que tan cerca estuvo de devorarme.
—¿Otra serpiente como aquélla?
—SÃ, señor.
—¡Extraño paÃs, donde las serpientes, en vez de andar entre la hierba, viven en el agua como las anguilas!
—Deben ser parientes cercanas de ellas.
—No molestemos más a esa señora, que debe de estar bastante irritada por haberse tragado tu anzuelo. Por lo demás, ya tenemos cena segura y abundante.
—¿Cuándo saldremos de este islote?
—Nos quedaremos en él esta noche. Estamos más seguros en medio del pantano que en el bosque.
—¿Habrán acabado los indios la batalla?
—Ya no se oye ruido alguno.
—Probablemente estarán entretenidos en asar a los muertos.
—Y también a los prisioneros, GarcÃa —dijo Alvaro.
—¡Qué canallas! ¡Y, sin embargo, en sus selvas tienen frutas y caza en abundancia!