El hombre de fuego
El hombre de fuego Se deslizó suavemente por la liana, deteniéndose de cuando en cuando para escuchar, hasta que llegó al suelo después de persuadirse de que todo estaba tranquilo.
Los jabalíes no se habían despertado, y seguían tranquilamente echados entre los matojos.
Empuñó el arcabuz por el cañón y se alejó poco a poco, dirigiéndose hacia el pantano. Apenas hubo andado dos o trescientos pasos prescindió de precauciones y se alejó a toda carrera.
En pocos minutos llegó al lugar en donde había dejado a la tortuga. También el reptil dormía con la cabeza escondida en su concha.
—Dejémosla por ahora, y después la embarcaré para impedir que la devoren las fieras, que seguramente no faltarán.
Temiendo estar todavía demasiado cerca de los pécaris, continuó corriendo un cuarto de hora, hasta que llegó a la orilla de una caleta rodeada de árboles, donde se detuvo.
—¡Apresurémonos! —dijo para sí el valiente muchacho—. Tengo madera en abundancia, y la luna comienza a elevarse en el horizonte.
Apoyó el arcabuz en el tronco de un árbol, y fue a buscar los bejucos que necesitaba para construir la almadía.