El hombre de fuego
El hombre de fuego Podía elegir, porque todos los árboles estaban rodeados de sipos. Hizo buena provisión de ellos, y después, habiendo visto a corta distancia de la orilla un grupo de los altísimos bambúes llamados tacuaras por los brasileños, bambúes que tienen el grueso del muslo de un hombre y son ligerísimos, sumamente a propósito para construir cuerpos flotantes, echó abajo una docena de ellos.
Los materiales eran bastantes para construir una almadía capaz de llevar a dos personas.
Los trasladó fácilmente a la playa, y los echó al agua ligándolos entre sí con bejucos. Trabajaba tan diestra y rápidamente, que al cabo de media hora la almadía estaba lista para navegar.
Con dos largas ramas hizo sendos remos, y habiéndose embarcado en la almadía, remando con todas sus fuerzas, se dirigió hacia donde había dejado a la tortuga. La despertó con cuatro fuertes estacazos, y arrastrándola la obligó a embarcarse.
—¡El señor Alvaro apreciaba demasiado a este bicho, o mejor dicho, su carne, para dejárselo a las fieras o a los indios! ¡Aseguraremos así la comida para tres o cuatro días!
En seguida se alejó de la orilla, remando resueltamente con rumbo al islote.