El hombre de fuego
El hombre de fuego La luna, que ya habÃa salido y brillaba en un cirio purÃsimo, reflejando sus rayos en las aguas de la laguna, le permitÃa guiarse fácilmente.
Los islotes se destacaban muy bien sobre la superficie argentina del agua, formando grandes masas oscuras, que podÃan distinguirse sin necesidad de anteojos.
Aprovechando GarcÃa la poca profundidad del agua, llegó hacia media noche al centro de la laguna.
En aquel momento vio brillar una luz en uno de los vecinos islotes, entre las plantas que lo cubrÃan.
—Debe de ser el señor Alvaro —pensó.
Pero de repente cesó de remar e hizo un gesto de sorpresa, y aun de espanto.
—¡No! —se dijo—. ¡Ese fuego no arde en el islote que nos ha servido de refugio, sino en otro! Nuestro islote queda allá abajo, más al Oeste, si no me engaño lo conozco muy bien: es el único que tiene forma alargada.
Un sudor frÃo le bañó el rostro, al mismo tiempo que sentÃa en el corazón profunda angustia.
—¿Se habrán juntado aquà los salvajes y habrán sorprendido al señor Alvaro? Esos islotes sólo estaban habitados por volátiles, y que yo sepa, los pájaros no han conseguido nunca encender fuego.