El hombre de fuego

El hombre de fuego

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El terror del pobre rapaz estaba justificado. ¿Quiénes sino salvajes podían haber desembarcado en aquel islote? El señor Alvaro no podía haber salido del suyo, pues no tenía madera para construir una almadía, por pequeña que fuese.

—¿Se habrá ido a nado? —se preguntó García—. ¡No, no creo que se haya atrevido a cometer semejante imprudencia, sabiendo que la laguna está llena de caimanes y serpientes enormes!

Estuvo perplejo algunos minutos, y después tomó resueltamente su partido.

—¡Ante todo, vamos al islote! —dijo—. Si no encuentro en él al señor Alvaro, me acercaré cautelosamente al otro, y veré quién fea encendido ese fuego.

Con las debidas precauciones para no ser descubierto remó con rumbo al islote, que se encontraba como a quinientas varas del otro, algo hacia el Oeste.

En diez minutos atravesó la distancia, y se acercó prudentemente a la orilla. Estaba seguro de no haberse engañado, porque a la primera ojeada reconoció aquellos árboles durísimos que habían mellado el filo de las hachas.

Hincó una estaca en el fango, amarró la almadía, montó el arcabuz y saltó silenciosamente a la orilla, abriéndose paso por entre las cañas.


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