El hombre de fuego
El hombre de fuego Llegó junto al palo de hierro donde el día anterior habían encendido el fuego para asar las trairas, y no vio a nadie.
El fuego se había apagado hacía tiempo, porque las cenizas estaban frías. García sintió que el corazón le daba un vuelco, y palideció.
—¿Qué le ha sucedido, pues, al señor Alvaro? —se preguntó con ansiedad—. ¡Ay, Dios mío! ¿Qué voy a hacer yo solo perdido en las selvas americanas?