El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—Debe de haber construido una almadía con estas cañas, reforzándola quizá con esas hojas inmensas que constituyen por sí solas pequeñas almadías. Amenazado por los caimán o por las serpientes, se habrá detenido en esa isla donde antes vi aquella luz. ¡Vamos a verlo!

Completamente tranquilo, el muchacho volvió a la almadía, y emprendió la vuelta. Aunque se sintiese rendido, aniquilado por tantos esfuerzos harto violentos para un joven de su edad, y estuviera cayéndose de sueño, a fuerza de remos guió la almadía hacia el islote, entre cuyas plantas seguía viendo la hoguera, y una pequeña nube de humo sobre ella.

No tardó más de un cuarto de hora en atravesar las cuatrocientas o quinientas varas que mediaban entre uno y otro islote, y fue a encallar en un banco de arena cubierto en parte de cañas.

Allí cerca vio una pequeña balsa formada por haces de cañas y hojas de victorias bastantes para sostener a una persona.

—¡El señor Alvaro es el que la ha construido! —exclamó con voz gozosa.

Se arrojó al banco, y llegó al islote, espantando a algunas aves acuáticas que dormitaban entre las hierbas sosteniéndose en sus larguísimas zancas.


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