El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Entre un grupo de árboles vió sentado ante una hoguera, que estaba ya apagándose, un hombre que parecía dormir o meditar con la cabeza entre las manos.

Escapósele una exclamación de alegría:

—¡Señor Alvaro!

El portugués, que sin duda dormitaba, alzó la cabeza al oír aquella voz conocida, miró al muchacho con ojos soñolientos, y después, levantándose bruscamente, abrió los brazos y estrechó entre ellos al joven, exclamando:

—¡Ah, mi valiente rapaz! Pero di, por cien mil caimanes, ¿de dónde vienes? ¡Qué angustias y qué miedos me has hecho pasar en estas doce horas! ¡Tunante! ¡Puedes jactarte de haberme hecho temblar!

—¿Me creíais muerto, señor Alvaro?

—¡Y hasta comido y digerido! —contestó Alvaro—. ¿Crees que no he sentido tus arcabuzazos? ¿No te defendías de los indios?

—No, señor; me defendía de ciertos jabalíes ferocísimos que me tenían sitiado en un árbol.

—¿Supongo que me habrás traído siquiera uno? ¡Estoy muerto de hambre, ya que no de sed!

—Me ha sido imposible, señor; pero he traído la tortuga, cuya carne no será menos sabrosa que le de los jabalíes.

—¡Eres un muchacho previsor, mi buen García!


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