El hombre de fuego
El hombre de fuego Sin duda había sorprendido a la pobre mona, separada quizá de sus compañeros para buscar frutas por el suelo, y con una habilísima maniobra la había obligado a refugiarse en aquel árbol, para impedirle volver a la selva, donde le hubiera sido mucho más difícil apoderarse de ella, por ser los monos silbantes agilísimos para lanzarse de unas ramas a otras bastante distantes sin temor decaerse.
Comprendiendo la gravedad del peligro, la desgraciada madre silbaba desesperadamente para llamar la atención de sus compañeros, que no se hallarían muy lejos; pero ninguno respondía.
Por otra parte, como nada habrían podido hacer contra aquel terrible carnívoro, era muy probable que hubiesen huido para evitar caer también en sus garras.
—¡Qué hermoso animal! —murmuró Alvaro manteniéndose prudentemente escondido entre las plantas y acercándose al grumete, como si quisiera protegerle contra el jaguar.
—¿Es un tigre, señor? —preguntó García, que no parecía estar muy asustado.
—Se parece más a una pantera —contestó Alvaro, que hasta entonces no había visto jaguares, animales aún desconocidos para los europeos.
—¿Será peligroso?
—¡No quisiera probar sus uñas, querido!
—¿Devorará a esa pobre mona?