El hombre de fuego

El hombre de fuego

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—¡Allá veremos! Pero me parece que la fiera no tardará en agarrarla, por más que se haya refugiado en las últimas ramas.

—¿Y no lo impediremos, señor?

—¿Te da lástima de la mona?

—Si, señor Alvaro.

—Por ahora, dejemos avanzar a la pantera, e intervendremos en el momento oportuno; por más que nada vayamos ganando con irritar a esa fiera, que tiene aspecto de ser bastante peligrosa.

El jaguar continuaba su avance sin mostrar demasiada prisa.

Aparte de que las espinas que cubrían el tronco de la paiva, que eran bastante agudas, le impedían proceder con mayor rapidez.

Levantaba con precaución las garras, miraba bien dónde las ponía, para no pincharse, manifestando su mal humor con sordos maullidos que terminaban en una especie de aullido ronco.

La mona, que le veía acercarse, aunque fuera con lentitud, redoblaba sus silbidos, seguía subiéndose a ramas cada vez más altas, y sostenía fuertemente sujeto con una mano al monito, que, conociendo el peligro que corría su madre, lanzaba gritos lastimeros.


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