El hombre de fuego

El hombre de fuego

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Poco a poco había llegado a una de las últimas ramas; pero tuvo que detenerse, porque su peso era ya grande para la resistencia que ofrecía, y amenazaba romperse.

Estaba precisamente encima del lecho del riachuelo, y no tenía ninguna salida. Aunque se hubiese dejado caer en al agua, no habría escapado de las garras del jaguar, que es habilísimo nadador.

Llegado éste a la mitad del tronco, y deseoso de poner término a la cacería, se replegó sobre sí mismo, y dando un rápido salto, se puso sobre una de las ramas más gruesas, en la cual ya no había espinas.

—¡La mona está perdida! —dijo Alvaro, que observaba con viva curiosidad las maniobras del carnívoro.

En efecto; la suerte del simio estaba ya decidida; su vida terminaría pocos momentos después entre las garras y los dientes de su adversario.

El jaguar trepó rápidamente por la rama con la agilidad de un gato; pero llegó a un punto en que tuvo que detenerse; había sentido un crujido, y el prudente y astuto carnívoro comprendió que no podía avanzar más sin exponerse a caer en el río, caso que no habría dejado de aprovechar la mona para huir a la selva.

—Las cosas no van bien para la fiera —dijo Alvaro—, y voy creyendo que la mona puede escaparse de sus uñas.


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