El hombre de fuego
El hombre de fuego El carnÃvoro daba resoplidos como un gato colérico, y desfogaba su mal humor arañando la corteza del árbol, de la cual sacaba gruesos pedazos.
Loca de terror y sintiéndose perdida la mona, .se balanceaba en la extremidad de la rama, a la cual se sostenÃa agarrada con la mano derecha, mientras que con la izquierda apretaba contra su cuerpo al monito que no querÃa abandonar.
En aquel momento, arrastradas por la corriente, pasaban bajo el árbol enormes hojas de victorias regias de contornos bastante realzados, suficientes para sostener cuerpos más pesados que el de una mona tan pequeña como aquélla.
—¡Ah, picara! —exclamó Alvaro.
En aquel momento se dejó caer a plomo la mona sobre una de las mayores de aquellas hojas, sin soltar al monito. Aquella pequeña almadÃa natural se hundió un poco por la violencia del choque; pero tornó a salir a flote, al mismo tiempo que la mona celebraba su victoria con un prolongado silbido.
La corriente, que era bastante rápida, la llevaba hacia la orilla opuesta.
Al ver huir su presa el jaguar lanzó un furioso maullido; sacó las garras de la corteza, y se arrojó al agua resueltamente.